Aquellos dias felices

Aquellos dias felices, Cuentos e Historias

Discusión de amigos. libro “Aquellos días felices”

Los burreros buscan el lugar adecuado en el valle para llevar a cabo la corrida. Los tachos de botellas de cerveza están cubiertos con bolsas de arpillera mojadas, y la humareda de la grasa de los chorizos se eleva desde la parrilla. El policía, en uniforme, revisa a aquellos que ingresan. Mientras tanto, los gauchos toman tragos y hacen comentarios. El grito de las apuestas rompe el silencio, y Manino, el juez de línea, da órdenes. Los dos caballos pasan y más gritos contestan las apuestas. Billetes doblados se intercambian hasta que se resuelva. En esa tarde de octubre, la yegua de Cándido es la favorita. El Chiche, con su camisa celeste, la monta con un elegante trotar. El zaino del Pozo Cavado se mueve por la cancha regada, mientras el Cucha, con su camisa azul y alpargatas azules a cordones, lo monta. El alambre tendido a lo largo marca la cancha, y los pingos y los burreros están nerviosos y atentos. Se escuchan gritos que indican apuestas faltantes. El comisario de carrera anuncia: «¡Terminadas las apuestas!» Silencio y los caballos se colocan en línea. Después de algunos intentos fallidos comienza la carrera. Las marcas en la tierra quedan mientras los pingos corren los primeros metros y se escuchan más gritos. El zaino se adelanta y saca media cabeza de ventaja sobre la yegua. Hay festejos con pañuelos y comentarios. La yegua perdió y Cándido, enojado, va a buscar a Filiberto. Tienen una corta discusión y Cándido le conecta una trompada en la cara. Desatento, Filiberto corre para sacar el largo puñal oculto en su cintura, pero no logra alcanzar a Cándido. El agente los lleva a la comisaría y por la noche, ambos comparten una cerveza en la plaza, sentados en la misma mesa. La discusión de amigos en términos burreros ha llegado a su fin.

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Trípode al hombro del libro “Aquellos días felices”

Román parte de San Francisco, un pueblo serrano, por la mañana. Lleva una gorra, unos anteojos verdes oscuros y unas botas marrones. Recorre senderos con su maletín marrón, donde guarda anotaciones y lapiceros de colores para registrar sus observaciones durante el verano. Amarrada a su cintura, lleva una cantimplora con agua, indispensable para sus excursiones, y al hombro, el trípode con patas de madera un tanto gastadas, su querida herramienta de geología. Toda su vida ha estado dedicada a los minerales. Por las mañanas, cruza el puente del río en sus escapadas a la montaña. En la plaza, en un banco de la banda sur, realiza su primer descanso. Sentado a la sombra, toma notas en su cuaderno. Su físico refleja los años de caminatas con instrumentos y trípode. Román es incansable con su espíritu dinámico. Décadas de estudio de minerales en las lomas, escribiendo teorías y llegando a importantes conclusiones que registra en su cuaderno. Richi, ahora con canas, tiene grabada la imagen de Román con el trípode de madera y su sombrero, yéndose a estudiar las piedras y saludando con el trípode al hombro. Los niños no pueden contener su asombro y le hacen preguntas. Román no pierde la oportunidad de dar cátedra sobre su ciencia. Los infantes escuchan sus relatos como si los entendieran, y él tiene la delicadeza de traducirlos al lenguaje de los niños. Por la tarde, fatigado, Román regresa del monte después de horas de observación. Así se consumen las hojas del almanaque. Richi lleva su recuerdo en el alma.

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La fragua de Emiliano del libro “Aquellos días felices”

En las cercanías de la casa de Richi, en San Pancho, se encuentra el taller resguardado tras el portón. Don Emiliano siempre está listo para colocar las herraduras del caballo. En su pecho, atado al cuello, sujeta el delantal de cuero del descarne. Los hierros incandescentes arden en el fuego de la fragua. Con una barra, sube y baja el palo del fuelle. De repente, una chispa salta directo al brazo, dejándole una quemadura. Emiliano manipula los hierros con una larga pinza y golpea la bigornia con un martillo. Los mazazos continúan y más chispas saltan. Tocho le lleva el hacha para que lo repare. Más vueltas a la desgastada piedra y al malgastado esmeril. Cachiche le lleva el azadón para la chacra. Fuego y mazazos a la pala que se rompió en el corral. El arado de la mula de Piedra Valla no está en buen estado. También hay que ir a don Emiliano para que repare la carretela. Un descanso a media tarde y los mates dulces son la recompensa. Calienta el tarro en las brasas de la fragua. La torta al horno de leña, amasada con esmero por doña Silvia, es un deleite. A don Emiliano le encanta la música. Sus gruesos dedos callosos tocan un arpa paraguaya que ganó en una rifa escolar con el número 39. No es muy diestro en el estudio, solo aprendió una melodía escuchándola y la interpreta con un ritmo desentonado que sigue por la radio a transistores. Don Emiliano y doña Silvia son un tesoro de recuerdos en el valle. Una tarde de septiembre, el Sultán se escapa. Emiliano sale con una soga en mano por las calles. Quito, que toca el órgano en la iglesia, lo había escondido en el fondo del taller. Cuentas claras conservan la amistad y Emiliano regresa con Sultán

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Bar “El Chivato” – del libro «Aquellos días felices»

En San Pancho, a una cuadra de la plaza, por una calle de tierra, se encuentra el bar “El Chivato”. En su fachada, un cartel de chapa un tanto oxidado con el nombre de don Regino es visible para todos. El interior del bar muestra un mostrador gastado y mesas de tablas que se mueven. Las sillas se adaptan al desgastado mobiliario. En la pared del fondo, se puede ver una mancha de humedad y botellas abiertas de vino tinto y ginebra verde cuadrada. Más atrás, se encuentran las botellas de licor dulce para el invierno. El piso de ladrillos está desgastado por los años y don Regino lo barre con una escoba. Utiliza un tarro de agua sacado del aljibe para regar y retocar el piso del salón. El cielorraso está cubierto de lienzo con manchas marrones de filtraciones de lluvia. Tres lámparas incandescentes suaves iluminan el ambiente, con cables resecados que les dan un perfil pálido. Los que pasan por la vereda no distinguen quiénes concurren al bar. Campesinos con sombrero toman unos tragos, llevando espuelas de plata en sus calzados de yute. Llevan el chicote atravesado en la cintura y un pañuelo de cuello cruzado en la espalda. Las charlas sobre vivencias del rancho son inevitables. En la cintura, se puede ver un facón con mango de plata, mientras que un asistente lleva una manta marrón doblada en el hombro izquierdo. En el árbol que está junto a la puerta hay un caballo atado por horas. Espera a que su dueño termine su última copa. Un grupo de niños en bicicletas entra pedaleando en la curva del bar. Quique no pudo controlar su bicicleta y chocó contra el zaino de Chacho que estaba atado en el olivo. Asustado, el caballo dió un salto y tiró una patada al aire, desaprobando la broma.

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El baile del “Geniol” – del libro «Aquellos días felices»

El bandoneón de Don Paulino no puede estar ausente en el baile. Él es el músico de San Francisco con prestigio que trasciende a pueblos vecinos. En las tardes de enero, los parroquianos miran el almanaque con escritos en la pared para calcular cuántos días faltan para el carnaval, haciendo cuentas con los dedos. Arranca enero y Don Paulino practica bajo el pimiento del patio de su casa, repasando partituras. Una corchea queda remarcada con el lápiz para apurar la pieza. El bandoneón negro, bien lustrado con brillantes, ocupa el escenario de maderas gastadas por los años y la intemperie. Sentado, Don Paulino tiene en la falda a su nena de fuelle que abre y cierra, desplazando velozmente su dedo por las teclas para darle la nota justa. Eduardo acompaña con la guitarra y Pascal en la batería. Arranca el carnaval en febrero y su prestigio anima el baile de “Geniol” entre los parroquianos. Debajo del pimiento, las parejas felices pasan con sus últimas pilchas, creando un inolvidable carnaval. Serpentinas y globos dan vida a la noche estrellada. Sin embargo, rápidamente se nubla el cielo el viento sur trae un nubarrón. Truenos y relámpagos no se hacen esperar y la lluvia provoca una corrida en busca de refugio. Pasado el carnaval de verano, el baile de “Geniol” queda como historia. Los meses avanzan y llega el 4 de octubre, el día del patrono de San Pancho. El gobernador, con su chófer de corbata y el obispo son recibidos con camisas blancas y moños en el brazo izquierdo. Aprovechando la visita de los ilustres, Dominga bautizará a su niño, sosteniéndolo en brazos con la pañoleta que le tejió su tía Pocha. En plena ceremonia el obispo pregunta en voz alta: – ¿Nombre de la madre del niño? Se escucha una voz firme en la sala: -Dominga… ¡padre! Luego, el sacerdote pregunta: – ¿Nombre del padre del niño? Un silencio se apodera de la sala y nuevamente el obispo insiste: – ¿Nombre del padre del niño, he dicho? Entre lágrimas, Dominga responde lentamente: – ¡Una mascarita del baile de Don Paulino! El que personificaba al lobo, con grandes orejas y daba alegres pasos con la música resulta ser el padre de la criatura. El comentario del mes en la escuela y en cada rincón del pueblo es: «Pueblo chico, infierno grande», como dice Mabel en la esquina. Cuando nace un niño en San Pancho y no se conoce al padre, queda la costumbre de atribuirlo al lobo.

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Coche de alquiler – del libro «Aquellos días felices»

En el pueblo de San Francisco tener un taxi era una fantasía. Las calles estaban llenas de autos, motos, caballos y bicicletas y no había taxis disponibles. Un día de otoño, Patón convirtió su auto con llantas de radios en un coche de alquiler. El cartel con letras desprolijas y esmalte chorreando decía: «Coche de Alquiler». El coche tenía la rueda de auxilio atada al guardabarros junto al conductor y una parrilla negra de hierro en el techo con óxido. Era un auto inglés de la Segunda Guerra Mundial, con el volante a la derecha. La pintura negra estaba cuarteada y tenía algunos arreglos hechos a pincel, resaltando los parches. Patón le agregó unos vivos blancos desprolijos con el pincel. Las cubiertas estaban bien negras, con los laterales blancos recién pintados. Patón esperaba en su coche la llegada del colectivo en la plaza. Estaba apoyado en la ventanilla con el brazo y silbaba para llamar la atención de los pasajeros despistados. El cartel blanco era visible. Acordaba el precio con el pasajero y luego subía al coche. Giraba la manija debajo del radiador para arrancar el motor. Si no funcionaba a la primera, insistía hasta que encendía. Las puertas delanteras se abrían de adelante para atrás. Los días de lluvia, Patón tenía asegurado el viaje de algún maestro. Mientras conducía, saludaba con bocinazos al lechero con su burrito, al cartero Lucho en su bicicleta repartiendo cartas y a otros conocidos que encontraba en su camino. A veces llevaba a un pasajero al almacén para hacer algunas compras. El coche de alquiler pasaba por las esquinas con bocinazos estridentes, generando comentarios sobre quién sería el pasajero. Cuando Doña Macacha del Tala llegaba tarde al colectivo con sus paquetes, siempre encontraba el coche de alquiler en lugares estratégicos. Patón hacía piruetas tras la tierra que dejaba el colectivo por el camino. Con astucia y adrenalina, lograba superar la nube de polvo y señalaba al chofer con la bocina y las manos para que se detuviera. Si tenía un pasajero, paraba para subirlo. La tarifa era unos centavos más cara que el colectivo, pero incluía el costo del combustible. Las hábiles maniobras por el terreno irregular para alcanzar el colectivo eran el valor agregado del servicio.

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Mi mundo en la farola – del libro «Aquellos días felices»

En las oscuras calles de tierra de San Francisco, en solitarias noches, pasa el carro regador con el tractor, largando un chorro de agua. En la esquina, las patronas están con su balde junto al grifo de agua. La tormenta quemó la lámpara incandescente del alumbrado de la esquina, por lo que Richi sale en bicicleta para avisarle a Don Luis que lo cambie. Los vientos de noviembre sacuden el farol de un lado a otro, mientras las mariposas dan vueltas. Sus rayos de luz marcan el suelo en un círculo que da vida. Los niños andan en bicicletas y empujan carritos de madera. Juegan con figuritas y bolitas. Ese mundo de luz tiene vida propia. Con imaginación, se ven detalles de la jugada. Al anochecer, los niños salen en masa. Cuando pasa un auto, corren a la orilla para evitar la polvareda. El límite de la cancha es el rayo del farol. Los viejos postes de palmeras, torcidos por los años, sostienen los plafones verdes de chapa enlosada que cuelgan de ellos y marcan el paso de los atardeceres de San Pancho. El aislante de porcelana sostiene el alambre por donde pasa la corriente. Con el paso de los años, se hacen pozos en las calles y se colocan pilares de cemento en lugar de palos de palmera. Richi escucha el bullicio del motor de la usina desde su casa. El nuevo plafón emite un ronroneo. La luz violeta arranca y luego se llena con luz blanca de mercurio. Los niños ya no tienen su lugar. Las nuevas luces son más blancas, pero ya no hay juegos. El escenario de los niños, iluminado por la luz incandescente, desapareció. Se terminaron las jugadas de bolitas acompañadas por el giro de las mariposas y los carritos en las noches de cuentos. El armado del pucho con papel ombú y tabaco mariposa ya no son iguales. Se terminó aquel romántico atardecer del pueblo donde cada uno hacía su aporte.

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