Cuentos e Historias

Aquellos dias felices, Cuentos e Historias

Discusión de amigos. libro “Aquellos días felices”

Los burreros buscan el lugar adecuado en el valle para llevar a cabo la corrida. Los tachos de botellas de cerveza están cubiertos con bolsas de arpillera mojadas, y la humareda de la grasa de los chorizos se eleva desde la parrilla. El policía, en uniforme, revisa a aquellos que ingresan. Mientras tanto, los gauchos toman tragos y hacen comentarios. El grito de las apuestas rompe el silencio, y Manino, el juez de línea, da órdenes. Los dos caballos pasan y más gritos contestan las apuestas. Billetes doblados se intercambian hasta que se resuelva. En esa tarde de octubre, la yegua de Cándido es la favorita. El Chiche, con su camisa celeste, la monta con un elegante trotar. El zaino del Pozo Cavado se mueve por la cancha regada, mientras el Cucha, con su camisa azul y alpargatas azules a cordones, lo monta. El alambre tendido a lo largo marca la cancha, y los pingos y los burreros están nerviosos y atentos. Se escuchan gritos que indican apuestas faltantes. El comisario de carrera anuncia: «¡Terminadas las apuestas!» Silencio y los caballos se colocan en línea. Después de algunos intentos fallidos comienza la carrera. Las marcas en la tierra quedan mientras los pingos corren los primeros metros y se escuchan más gritos. El zaino se adelanta y saca media cabeza de ventaja sobre la yegua. Hay festejos con pañuelos y comentarios. La yegua perdió y Cándido, enojado, va a buscar a Filiberto. Tienen una corta discusión y Cándido le conecta una trompada en la cara. Desatento, Filiberto corre para sacar el largo puñal oculto en su cintura, pero no logra alcanzar a Cándido. El agente los lleva a la comisaría y por la noche, ambos comparten una cerveza en la plaza, sentados en la misma mesa. La discusión de amigos en términos burreros ha llegado a su fin.

Aquellos dias felices, Cuentos e Historias

Trípode al hombro del libro “Aquellos días felices”

Román parte de San Francisco, un pueblo serrano, por la mañana. Lleva una gorra, unos anteojos verdes oscuros y unas botas marrones. Recorre senderos con su maletín marrón, donde guarda anotaciones y lapiceros de colores para registrar sus observaciones durante el verano. Amarrada a su cintura, lleva una cantimplora con agua, indispensable para sus excursiones, y al hombro, el trípode con patas de madera un tanto gastadas, su querida herramienta de geología. Toda su vida ha estado dedicada a los minerales. Por las mañanas, cruza el puente del río en sus escapadas a la montaña. En la plaza, en un banco de la banda sur, realiza su primer descanso. Sentado a la sombra, toma notas en su cuaderno. Su físico refleja los años de caminatas con instrumentos y trípode. Román es incansable con su espíritu dinámico. Décadas de estudio de minerales en las lomas, escribiendo teorías y llegando a importantes conclusiones que registra en su cuaderno. Richi, ahora con canas, tiene grabada la imagen de Román con el trípode de madera y su sombrero, yéndose a estudiar las piedras y saludando con el trípode al hombro. Los niños no pueden contener su asombro y le hacen preguntas. Román no pierde la oportunidad de dar cátedra sobre su ciencia. Los infantes escuchan sus relatos como si los entendieran, y él tiene la delicadeza de traducirlos al lenguaje de los niños. Por la tarde, fatigado, Román regresa del monte después de horas de observación. Así se consumen las hojas del almanaque. Richi lleva su recuerdo en el alma.

Aquellos dias felices, Cuentos e Historias

La fragua de Emiliano del libro “Aquellos días felices”

En las cercanías de la casa de Richi, en San Pancho, se encuentra el taller resguardado tras el portón. Don Emiliano siempre está listo para colocar las herraduras del caballo. En su pecho, atado al cuello, sujeta el delantal de cuero del descarne. Los hierros incandescentes arden en el fuego de la fragua. Con una barra, sube y baja el palo del fuelle. De repente, una chispa salta directo al brazo, dejándole una quemadura. Emiliano manipula los hierros con una larga pinza y golpea la bigornia con un martillo. Los mazazos continúan y más chispas saltan. Tocho le lleva el hacha para que lo repare. Más vueltas a la desgastada piedra y al malgastado esmeril. Cachiche le lleva el azadón para la chacra. Fuego y mazazos a la pala que se rompió en el corral. El arado de la mula de Piedra Valla no está en buen estado. También hay que ir a don Emiliano para que repare la carretela. Un descanso a media tarde y los mates dulces son la recompensa. Calienta el tarro en las brasas de la fragua. La torta al horno de leña, amasada con esmero por doña Silvia, es un deleite. A don Emiliano le encanta la música. Sus gruesos dedos callosos tocan un arpa paraguaya que ganó en una rifa escolar con el número 39. No es muy diestro en el estudio, solo aprendió una melodía escuchándola y la interpreta con un ritmo desentonado que sigue por la radio a transistores. Don Emiliano y doña Silvia son un tesoro de recuerdos en el valle. Una tarde de septiembre, el Sultán se escapa. Emiliano sale con una soga en mano por las calles. Quito, que toca el órgano en la iglesia, lo había escondido en el fondo del taller. Cuentas claras conservan la amistad y Emiliano regresa con Sultán

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Se reparan naves.

del libro “aun quedan por decir.” 2024, Antología. pag.113 de Ricardo Sopeña. En San Pancho, el lechero Ardilla va con sus dos tachos de aluminio atados a la montura del burro. Golpea con la fusta en la puerta de casa y sale Porota con la cacerola para recibirlo. Ardi mide el litro de leche y un par de sapitos bucean en el tarro que se llenó con agua del arroyo. El miércoles es el día del Santo Patrono. El intendente pone a los obreros a trabajar con carretillas y palas. Para rematar, riegan con el carro regador. Don Arias dirige el chorro del tanque acoplado, dejando atrás una polvareda suspendida en el ambiente. Con serrucho y hacha, la tusada deja los olmos municipales como si fueran escenas sepia de antaño. Ahora, las farolas en los postes de palmera parecen sonreír. –Se acerca el día del santo patrono –dice el almanaque en la cocina. Aldito cepilla a su perro Capo, dejándolo con un pelaje brillante y le coloca el collar que hizo en la talabartería Pioquinto. Los caminos son de tierra poblada de guaduas. Después de la última lluvia, la pista de aterrizaje de La Majada quedó con profundas zanjas. Los boquetes revelan las viejas cuevas de vizcachas bajo el suelo. Los municipales traen dos carretillas y un par de palas. Cortan jarillas y las acercan con la mula. Traen tierra y la esparcen en los huecos hasta nivelar la cancha de aviación. La pista está quedando preciosa. Una pasada con chorros de agua del carro consolida la superficie. Las miradas y comentarios de los curiosos no se hacen esperar. –       ¡Está quedando como un billar! Pero esa tarde, mientras cruzaba la chacra con la rastra a Aníbal se le doblaron los clavos y el soporte quedó cruzado. Chiche lo sacó con la llave inglesa y se lo llevó a Benito a la herrería. Calentaron la pieza con la fragua y le echaron aire con el fuelle para avivar la llama hasta dejar el hierro incandescente. En la sombra del árbol frente a la herrería se lee el cartel en la chapa, algo oxidada y torcida, que dice: «Taller Benito, se colocan herraduras, se afilan hachas.» Cuando los parroquianos necesitan reparaciones, Benito es la solución. Benito golpeó la sólida bigornia de hierro y tras varios martillazos la dejó como recién salida de fábrica. Chiche la cargó en la caja de la Rastrojera y la llevó de vuelta a Pozo Molle. La armó y siguió con sus labores de chacarero. El interventor de la provincia es un aviador retirado de la brigada aérea. Hugo ya cumplió con su servicio como piloto en aviones de combate. Lee un libro en su casa como militar retirado. Los militares lo llaman para que se haga cargo de la provincia y Hugo resulta ser la persona indicada para el trabajo. Es día de fiesta en San Pancho. Hugo se pone el uniforme de gala de brigadier y decide ir al Monte de Oro vestido elegantemente. Coloca el birrete, las estrellas en la solapa y engancha el sable a la cintura como si fuera un alto oficial del primer mundo. Se levanta temprano y en el aeropuerto, el mecánico aéreo de la gobernación, arranca la nave. Mueve las alas y vibran las hélices. Parece que todo está listo. Llega puntual a las ocho y sube por la escalerilla con su uniforme impecable. Enciende los motores y carretea la avioneta en el aeropuerto de la ciudad. Toma altura lentamente y se aleja. La nave se ve diminuta dibujada en el cielo, unas olas del Chorrillero la sacuden, pero el brigadier logra estabilizarla. Toma más altura para pasar por la sierra por el punto más bajo, con las hélices turbo de los dos motores girando a pleno. Como es un día importante en el pueblo, el intendente le pide a Toya, por sus habilidades como maestra de labores y tejedora, que con su máquina a pedales le haga una manga para poner en el tacho. En el taller, Chachín quita los fondos al tambor de aceite y lo pinta de rojo con un pincel. Así, con una mirada rápida, el piloto ve el sofisticado instrumento de Toya listo para el próximo aterrizaje. La manga inflada, la intensidad del viento y la dirección para corregir la nave. La banda de la policía está con sus uniformes impecables desde la mañana. La dirige con la batuta el compadre Chicho, con dos nuevos músicos que se incorporan ese día: el Lagartija en el trombón y el Rolo en la corneta. Ejecutan marchas militares mientras unos niños con guardapolvo blanco, de la escuela primaria, escuchan los sones. En el descanso, el director Chicho se fuma un pucho de tabaco Mariposa y papel Ombú, dejando escapar la humareda y tos. En el centro de la plaza Pringles, los demás maestros de las escuelas del sur escuchan los sones y miran hacia el cielo, donde solo ven nubes. En el mástil, la bandera flamea con el viento. Don Domingo Faustino estuvo aquí de niño, enseñando a los campesinos del valle. El 11 de septiembre es un día festivo con gran movimiento en el pueblo. Los curiosos esperan junto a los ligustros de la plaza y por los parlantes Yufro lee pasajes del que fuera presidente y maestro de los primeros parroquianos. En la pista de tierra de La Majada esperan las autoridades del pueblo y un par de intendentes de pueblos vecinos. Entre las nubes se escucha el bimotor en los cielos y a lo lejos. Desciende lentamente y hace una pasada a baja altura por la pista. Todo está en orden, lo confirma con las alas el brigadier, mientras flamea el tacho con la manga roja inflada hacia el este, dando las coordenadas al piloto. Lucho pasa en bicicleta entregando cartas en el pueblo. Le mandan a Zoilo por correo un almanaque de Rosario,  de la tienda donde compró las colmenas que puso en el árbol. A la bici de Lucho se le

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Todo sucede en otros tiempos – La promesa de la quebrada 1986.

Partió el vuelo de Richi desde el pie de la cordillera mendocina para Salta, al llegar siguió en colectivo aquella mañana de julio para Humahuaca. Por la ventanilla ve vistosos paisajes al lado del camino, a media mañana paran por un aperitivo, mientras charlan le dan unas hojas de coca, un sobre con diez hojas de hierba boliviana que son un primor.Al mediodía llega Richi a San Salvador, en un puesto de la feria artesanal, está Pocha con su poncho y piensa que a Andrea le quedará joya. Pocha resiste la venta y le ofrece un calzado tejido de lana de vicuña. Richi piensa que tendrá los pies calentitos la patrona ese invierno.Sigue para el altiplano el colectivo. Recuerda Richi el conflicto con Chile de 1978, él fue soldado en la puna de Atacama, primero en San Antonio de los Cobre y luego en Olacapato. Los primeros días fue una tortura respirar, otro soldado le da hojas de coca incautada en la Quica y la chupa. Las náuseas aparecen al instante. A los días los artilleros mueven los cañones como si fueran un triciclo con un estado físico de olimpiada. Los uniformados de borceguíes juegan partidos con la pelota que compraron con la recaudación de la rifa de la gallina negra cogote pelado que donó Chicha en Purmamarca. Se mueven como ardillas con la ropa de combate. Décadas después, en julio de 2024 va Richi por el altiplano en el colectivo, el guía relata el paseo y escucha relatos de vivencias de tiempos perdidos.El calendario de futbol de 1986 se juega en América, comentaristas indican que por la altura en Bolivia no será. El periodista relata que en 1970 se hizo el mundial en México y lo descarta a los dos países. El sorteo entre gallos y medianoche a los Aztecas los designa de nuevo.El técnico argentino piensa dejar en forma a sus muchachos para el mundial. Mira el mapa mientras desayuna y el noticiero comenta que se juega en México, los relatos de la altitud y la falta de oxígeno es el tema del mes de los futboleros. Busca enciclopedias y le llama la atención la altitud de cada campo de juego y en su mente de médico el doctor Salvador que es el técnico le preocupa la capacidad pulmonar de sus pupilos. Por su parte en la quebrada los pibes de las alturas arman un rejuntado que patea pelotas de trapos en los potreros. Zurcen con aguja e hilos las viejas camisetas del único equipo de Humahuaca, quedan en forma como para jugar una final, los pantalones con parches que parecen del circo y camisas de colores desteñidas. El plato fuerte del combinado del altiplano es el delantero con botines de lona marca Sacachispas con suela de caucho que le fiaron en la zapatería del Totito y a pagar en tres cuotas. El resto de la cuadrilla sigue con las gastadas zapatillas de lona de deplorable estado. Por su parte Dodi, con una aguja, un hilo se pone el dedal de metal en el dedo índice y remienda su equipo. Pero no hay número para ponerle en la espalda a su camiseta. Al lado del Río de la Plata el doctor Salvador estudia terrenos y altitud de México, piensa cómo dejar en forma a sus muchachos. Los pibes están preocupados en las preguntas que le hará el periodista de la tele. Por la mente del técnico pasa a dónde llevar sus jugadores para aclimatar esos físicos del llano y de modernas ciudades. Su mente indica que el lugar debe ser como el que cabalgó Pancho Villa y Emiliano Zapata. Las comodidades que debe tener el alojamiento no inquietan al doctor, su preocupación es que estén en forma físicamente sus jugadores. Estudia geografías el médico de la pelota de los goles, debe hacer honor a su nombre de Salvador, en las noches se acuesta en su cama impaciente, se da vueltas y le cuesta conciliar el sueño. En la mañana a los bostezos sin pegar un ojo toma un café y se fuma unos cigarros. Está camuflado y oculto en su ambiente de humo mientras hojea el diario a metros del obelisco.En la segunda noche de insomnio encuentra una salida a su conflicto de desvelos y paquetes de tabaco. No lo comenta para que no saboteen la idea y pasa a ser un secreto de Estado.Al medio día reúne a sus hombres de camisetas y botines en el pasto verde de la cancha y les dice: “Prepárense muchachos que mañana nos vamos, por un tiempito y lleven todo lo que le haga falta”-.Corre la incertidumbre del equipo que a dónde irán, el misterio reina en la manada, amanece y en colectivo temprano va al aeropuerto, suben al avión y salen para el noroeste. Después de dos horas de vuelo carretea en San Salvador, allí se enteran que van por un mes al terreno de combate, pero que no van a un tour de compras de pilchas de marca para sus princesas. Desde que aterrizan tienen los veinteañeros la incógnita, suben a un colectivo y van horas por la ruta tirando para la Quiaca, todo indica que van a Bolivia por la altitud, el conductor no puede evitar la entrada de tierra y al fondo unos tosen con los pañuelos se tapan la boca.A medida que avanzan por la ruta se va complicando la ventilación de los pulmones por la altitud y después de un par de horas llegan a un pequeño pueblo del pre altiplano, el cartel en la entrada dice: – “Quebrada de Humahuaca”-. Pasan un par de carretelas tiradas por caballos y a los metros Chacho el parroquiano montado en su mula, va a permutar en el negocio de Capacho un cuero de cordero por azúcar, yerba y harina.Los chicos platenses del balón se sienten los actores de cine de una película, al final de la calle de la comarca los espera el único hotel que le falta unas estrellas, se detiene el colectivo en la

Aventuras en mi caballo de fierro, Cuentos e Historias

Las cuatro fuerzas. – del libro «Aventuras en mi caballo de fierro»

A los 50 años me saqué la corbata entre medio de expedientes, compré una moto y casi sin saber conducirla con mi compañera nos pusimos los cascos y nos echamos a volar. Acá están los relatos de tres grandes viajes en motocicletas, días de lluvias, de frio, de calor y de viento que le pusimos el pecho. En una moto fuimos al Perú pasando por Bolivia 6.738 Km. En la segunda salida al sur a Usuhaia 7.669 km y en la tercera escapada con un caballo más robusto a Ecuador y Colombia 15.674 km. Espero que al leerlo viajen conmigo y disfruten de ellos. El primer nombre del libro fue: “El caballo de hierro” según indica la Real Academia de la Lengua, pero mi hermana Clementina del otro lado de charco me propuso: “Aventuras en mi caballo de fierro”, y José Hernández me dio una guiñada, me dijo ponedle así Richi. En Esmeralda donde termina Ecuador mientras esperamos la cena se acerca un hombre y me dice que si podíamos compartir la mesa. ¡Con gusto le respondí! Feliciano es un ingeniero de Quito, iniciamos una rica charla. Le informo que vamos a ingresar a Colombia por San Lorenzo costeando el Pacifico. Se produce un silencio y me informa que no es recomendable hacerlo por allí y que hace décadas está tomado por rebeldes. Que mejor vaya hasta la cordillera Central y entremos por Tumbaviro. Nos da una clase de su vecino de la selva, nos dice que Colombia en la década del ochenta, estuvo dominada por cuatro fuerzas. 2- Las FARC. Revolucionarios de izquierdas con sus propios códigos y lucha contra el estado para tomar el poder. 3- Los Pacos: que son los familiares de las víctimas de Pablo Escobar que, ante la indiferencia del estado que les tiene miedo, los obligaron a buscan justicia por su cuenta. 4- El ejército regular que son las fuerzas armadas de la república como en cualquier estado del mundo. Aún hoy sobreviven algunos grupos. Continuamos la charla y me informa Feliciano que estos grupos suelen pedir “colaboración” para sobrevivir, me indica que doble un billete de dólares en un bolsillo y que haga lo mismo en cada bolsillo, los equipos de motociclista tienen muchos bolsillos y en cada uno un billete doblado de don Washington que espere su turno conforme viene la movida. Siguiendo las instrucciones de Feliciano vamos en la moto hasta Parroquia de Tumbaviro y pasamos por la cordillera central y entramos a Colombia. La selva es tupida, al anochecer llegamos a Tulcan con sus tres casas en medio del tupido bosque, paro y un señor me dice ni se le ocurra seguir por el bosque en la noche. En una rustico hospedaje tenían una habitación con una tasa de inodoro entre las dos camas. Al despertar en la mañana seguimos entre árboles y curvas, en un momento viene un batallón de soldados con ropa que parecen recién salidos de la sastrería, como si fueran de la ONU con cascos y metralletas de última generación, nos levantan el pulgar derecho indicando que viene todo bien y yo respondo con mi pulgar. En aquella selva infinita, del otro lado del continente enero es invierno, llueve 300 días y los otros 60 días está por llover, a los gigantes árboles los atraviesan la fina ruta que parece un hilo, con pequeñas rectas y el puñado de curvas. Cuando salimos de otra curva del bosque viene caminando una tropa de barbudos con ropa destruida, calzados llenos de agujeros, con cadenas que cuelgan y con caños fabricaron armas caseras de groso calibre. El primero de la fila me levanta la mano apara que pare, yo a la 1.200 alemana del centenar de caballo la detengo, memorizo el orden de la ubicación de los billetes americanos en mi equipo. Saco el primero, pero el guerrillero de la FARC está inmutable, por mi mente pasa que quieren otra colaboración, le digo con tan noble causa y así más billetes. El guerrillero me dice que no quieren dinero, pensé dejarle la moto. Se pone a hablar bajito con otro de la misma especie con vestimenta desastrosa que parece ser el jefe. Se da vuelta y con la mano me indica parcamente que siga. Guardo los billetes y salgo con mi BMW hasta colocar la sexta marcha. Yo era defensor de Ingrid Betancur que la tuvieron estos guerrilleros seis años secuestrada en la selva. Veo al regresar a Mendoza que en ese mismo lugar a unos periodistas de Francia los tuvieron secuestrados dos meses hasta liberarlos. Una tropilla de moteros se da fuerza entre ellos, pero en una sola moto y con una mujer atrás no es fácil andar 15.674 km

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Mamá!

Un 24 de julio, el cielo llamó a mamá. Recuerdo aquel día que viniste a visitarme, te acostaste y jamás despertaste. Ese boleto de bus quedó en tu cartera y jamás salió de allí. La butaca número 23 del bus 347 de Mendoza a San Francisco del Monte de Oro de aquel 24 de julio fue vacío ese día de 1995. Pasaron tres décadas, estoy en Ponta Negra de Brasil me asomo por mi ventana del piso 21 con vista al mar y oculta tras una gran nube me dices mamá Toya: «Fuerza Richi». Y hoy con mis piernas un tanto débiles y mi equilibrio comprometido te digo: «Voy bien vieja». Debo decirte que te llamó todas las noches mamá al dormirme desde hace 30 años. Seguirá pausadamente saliendo de mi garganta MAMA!

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Chau Paya!

Terminó enero de 1980, parten los jóvenes del Monte de Oro con el bolso lleno de ilusiones a la facultad. Entre libros y apuntes quedan espíritus de aquel verano en San Francisco, atrás queda la guitarra afinada por los dedos Leti, que sube y baja los sones como un láser, el saíno panzón y el puñado de aventuras. Recuerdan que la tropa de la muchachada está de guardias esperando al primer ronquido de Aníbal, cuando lo larga la bandada empuja el móvil guitarrero. Aquella fantasía de jóvenes del valle de los chutunses es posible que sea una realidad, necesitan la complicidad de alguien que peine canas. Arman la salida y meten jóvenes como ganados vacunos en la camioneta.El coro de la muchachada sólo acompaña las musas cuando larga a viva voz un:”Adentro”- no tienen oído ni para tocar el timbre.La tertulia nocturna de aquella noche se complica, las coordenadas indican hablar con Paula. Aníbal sigue en su postura un tanto dura de hombre malo. Leti insiste una vez más en su mamá y al final seduce a Paya, para que enfrente al serio veterano con vestimenta verde con sombrero de paja para montar el tractor R40 rojo.La mami Paya ni dudó ante el pedido de los jóvenes guitarreros, la muchachada de jóvenes atrás de la ventana escucha la charla sin ser vistos, con su perfil docente habla con el veterano padre de la pandillera Clementina y lo sedujo a Aníbal. Fue determinante el hecho de que la guitarrera Leticia es nieta del carpintero español José María y recordó aquel vinito casero de historias de veteranos que terminan internados. La muchachada ya tiene en qué salir a la guitarreada, toca la clave de sol Leti y a las corcheas afina con el son diésel del escape lleno de humo negro de la camioneta que camufla la escenografía de aquella noche.Una madrugada de décadas después, está Richi de viaje, el mensaje de Leti lo paraliza, piensa que hay un error. Paula la cómplice de niños grandes de serenatas de 1980 abrió las alas el 27 de enero de 2025 y al cielo se echó a volar. Chau Paya le dicen con sus pañuelos.Sale al jardín y desde una nube bien blanca Paula levanta la mano y dice chau. Ella le dijo a Richi no cambies nunca muchacho, unas lágrimas cayeron de sus ojos y un profundo silencio se apoderó.Da un grito al cielo:“Chau mami cómplice de jóvenes inocentes”

Aventuras en mi caballo de fierro, Cuentos e Historias

El Petizo Orejudo en su ley – del libro «Aventuras en mi caballo de fierro»

Richi y Eli, en la cabaña guardan las provisiones. Por la tarde, realizan una visita a la Cárcel del Fin del Mundo. Richi conocía de su existencia por sus estudios jurídicos, ahora puede recorrerla en persona. Al entrar, despierta en él un recuerdo de sus días en el archivo del diario Los Andes. En una ocasión, un abogado había solicitado el tomo 126, un volumen antiguo y desgastado por el tiempo, que contenía crónicas sobre Cayetano Santos Godino, el infame “Petiso Orejudo”. Richi recuerda cómo el doctor Roberto, su profesor de Derecho Penal, había estudiado la vida de este personaje. Con sus gruesos lentes de lectura, hojeaba las páginas amarillentas de aquellos diarios centenarios con sus muñones de dedos amputados por habérsele congelado en sus tiempos de andinista. Le relataba a Richi con pasión la vida del Petiso Orejudo. El profesor mencionaba a Lombroso, el criminólogo que postuló teorías sobre las características físicas de los delincuentes: cráneos achatados, dedos largos, baja estatura. Y Cayetano, en su figura y acciones, parecía encarnar estas ideas. El profesor contaba cómo Cayetano, afectado por una niñez carente de amor, reaccionaba con celos violentos cuando veía a madres mostrando afecto a sus hijos. Este dolor se transformaba en actos terribles, como aquel día en que apuñaló a un niño tras irrumpir por la ventana de una casa. Las crónicas del archivo narraban cómo el crimen fue presenciado por el tío del niño, quien lo denunció. El Petiso fue condenado a cadena perpetua por una serie de crímenes horrendos. Como muchos otros reclusos peligrosos de la época y fue enviado a la cárcel de Tierra del Fuego. En las gélidas celdas de la penitenciaría, los presos encontraban consuelo en una pequeña mascota: un gato llamado Palito. Este animal, con su dulce ronroneo, se convirtió en el centro de atención y afecto de los internos. Pero Cayetano, atormentado por sus propios demonios, rompió ese frágil lazo de humanidad al descuartizar al gato con un cuchillo. El acto desató la furia de los prisioneros. Dentro del penal, existía un código inviolable: lo que era de todos debía ser respetado. La muerte de Palito llevó a la formación de un tribunal improvisado. Los presos más dolidos, liderados por el Tuerto Pérez y el Gaviota González, actuaron como jurado. En un juicio breve pero emocional, escucharon los alegatos del fiscal Cholo, quien terminó con lágrimas en los ojos, y del defensor Pelecho, conocido por su historial criminal. La sentencia fue unánime: justicia por mano propia. Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, fue linchado por sus compañeros de celda, cumpliendo así su destino en el infierno de la cárcel más austral del mundo. Mientras Natacha, la guía del penal, relata la historia a los visitantes, menciona que los niños fueguinos de su época eran asustados con el mito del Petiso Orejudo. “Si no se portaban bien, Cayetano vendría por ellos”, solían decir los adultos. Los estrechos pasillos y celdas vacías del penal, que alguna vez albergaron a los criminales más peligrosos de la Argentina, conservan un aura de terror. Richi reflexiona sobre cómo este lugar, despoblado hace décadas por sus condiciones inhumanas, fue un verdadero infierno en su apogeo. La historia de Cayetano Santos Godino queda como una lección sombría en la jurisprudencia argentina, un recordatorio de los extremos de la maldad y la violencia en un rincón olvidado del mundo.

Aventuras en mi caballo de fierro, Cuentos e Historias

La curva. – del libro «Aventuras en mi caballo de fierro»

Por la Quiaca entran a Bolivia. Pelusa levanta la vara de álamo que hace de tranquera, agacha la cabeza Loquillo y pasa con la moto y quedan oficialmente en las vías bolivianas. Los espera una huella de ripio, con altitud pronunciada y trazado elemental. De vez en cuando, pequeños buses pasan a su lado, levantando nubes de polvo que los cubren por completo. Loquillo mira por el espejo de su caballo con ruedas y ve que otro vehículo se acerca con claras intenciones de pasarlos. Sin ningún tipo de limitación, acelera la moto. La huella se va achicando poco a poco, el terreno empeora, pero logran superar a los colectivos que, entre el polvo, parecen casi invisibles. Una curva cerrada aparece frente a ellos. Loquillo intenta doblar sin reducir la marcha. La moto, sin embargo, da un giro inverso al que él pretende. Los dos salen volando y aterrizan en un montículo de tierra suelta. Sus cuerpos penetran en el bordo y desaparecen por completo del paisaje, como si la tierra los hubiera devorado. La maniobra provoca una gran nube de polvo. Los pasajeros del colectivo que venía detrás se arrojan del bus para auxiliarlos. Entre ellos se escuchan comentarios en aymara, pero los motociclistas no entienden nada. Con la ayuda de los pasajeros, logran levantar la moto, que apenas asoma entre el polvo. Pelusa, indignada, reprocha la maniobra. Ambos se sacuden el polvo y el susto, y continúan por la huella. Pasan por un arroyo seco y, al subir un borde ripioso, encuentran un rancho de adobe junto a un corral de ovejas. Un tendedero, sostenido por un alambre bajo, va desde el esquinero del corral hasta un puntal de la galería del rancho, que armoniza con el techo de paja. Loquillo y Pelusa deben agacharse sobre la moto para pasar por debajo del tendedero, asustando a las gallinas, que salen aleteando, seguidas por unos pavos flacos que hurgan la tierra en busca de insectos para su ración. La marcha continúa. Unas leguas más adelante, un colectivo se detiene en medio del descampado. Los pasajeros bajan corriendo: los hombres, de espaldas, ocultan sus partes pudorosas, mientras las collas, con sus amplios vestidos de colores, improvisan un escusado de campaña.

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