Trípode al hombro del libro “Aquellos días felices”

Román parte de San Francisco, un pueblo serrano, por la mañana. Lleva una gorra, unos anteojos verdes oscuros y unas botas marrones. Recorre senderos con su maletín marrón, donde guarda anotaciones y lapiceros de colores para registrar sus observaciones durante el verano. Amarrada a su cintura, lleva una cantimplora con agua, indispensable para sus excursiones, y al hombro, el trípode con patas de madera un tanto gastadas, su querida herramienta de geología.

Toda su vida ha estado dedicada a los minerales. Por las mañanas, cruza el puente del río en sus escapadas a la montaña. En la plaza, en un banco de la banda sur, realiza su primer descanso. Sentado a la sombra, toma notas en su cuaderno. Su físico refleja los años de caminatas con instrumentos y trípode. Román es incansable con su espíritu dinámico. Décadas de estudio de minerales en las lomas, escribiendo teorías y llegando a importantes conclusiones que registra en su cuaderno.

Richi, ahora con canas, tiene grabada la imagen de Román con el trípode de madera y su sombrero, yéndose a estudiar las piedras y saludando con el trípode al hombro. Los niños no pueden contener su asombro y le hacen

preguntas. Román no pierde la oportunidad de dar cátedra sobre su ciencia. Los infantes escuchan sus relatos como si los entendieran, y él tiene la delicadeza de traducirlos al lenguaje de los niños. Por la tarde, fatigado, Román regresa del monte después de horas de observación. Así se consumen las hojas del almanaque. Richi lleva su recuerdo en el alma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio