Se reparan naves.

del libro “aun quedan por decir.” 2024, Antología.

pag.113 de Ricardo Sopeña.

En San Pancho, el lechero Ardilla va con sus dos tachos de aluminio atados a la montura del burro. Golpea con la fusta en la puerta de casa y sale Porota con la cacerola para recibirlo. Ardi mide el litro de leche y un par de sapitos bucean en el tarro que se llenó con agua del arroyo.

El miércoles es el día del Santo Patrono. El intendente pone a los obreros a trabajar con carretillas y palas. Para rematar, riegan con el carro regador. Don Arias dirige el chorro del tanque acoplado, dejando atrás una polvareda suspendida en el ambiente. Con serrucho y hacha, la tusada deja los olmos municipales como si fueran escenas sepia de antaño. Ahora, las farolas en los postes de palmera parecen sonreír.

–Se acerca el día del santo patrono –dice el almanaque en la cocina. Aldito cepilla a su perro Capo, dejándolo con un pelaje brillante y le coloca el collar que hizo en la talabartería Pioquinto.

Los caminos son de tierra poblada de guaduas. Después de la última lluvia, la pista de aterrizaje de La Majada quedó con profundas zanjas. Los boquetes revelan las viejas cuevas de vizcachas bajo el suelo. Los municipales traen dos carretillas y un par de palas. Cortan jarillas y las acercan con la mula. Traen tierra y la esparcen en los huecos hasta nivelar la cancha de aviación. La pista está quedando preciosa. Una pasada con chorros de agua del carro consolida la superficie. Las miradas y comentarios de los curiosos no se hacen esperar.

–       ¡Está quedando como un billar!

Pero esa tarde, mientras cruzaba la chacra con la rastra a Aníbal se le doblaron los clavos y el soporte quedó cruzado. Chiche lo sacó con la llave inglesa y se lo llevó a Benito a la herrería. Calentaron la pieza con la fragua y le echaron aire con el fuelle para avivar la llama hasta dejar el hierro incandescente.

En la sombra del árbol frente a la herrería se lee el cartel en la chapa, algo oxidada y torcida, que dice: «Taller Benito, se colocan herraduras, se afilan hachas.»

Cuando los parroquianos necesitan reparaciones, Benito es la solución.

Benito golpeó la sólida bigornia de hierro y tras varios martillazos la dejó como recién salida de fábrica. Chiche la cargó en la caja de la Rastrojera y la llevó de vuelta a Pozo Molle. La armó y siguió con sus labores de chacarero.

El interventor de la provincia es un aviador retirado de la brigada aérea. Hugo ya cumplió con su servicio como piloto en aviones de combate. Lee un libro en su casa como militar retirado. Los militares lo llaman para que se haga cargo de la provincia y Hugo resulta ser la persona indicada para el trabajo.

Es día de fiesta en San Pancho. Hugo se pone el uniforme de gala de brigadier y decide ir al Monte de Oro vestido elegantemente. Coloca el birrete, las estrellas en la solapa y engancha el sable a la cintura como si fuera un alto oficial del primer mundo. Se levanta temprano y en el aeropuerto, el mecánico aéreo de la gobernación, arranca la nave. Mueve las alas y vibran las hélices. Parece que todo está listo.

Llega puntual a las ocho y sube por la escalerilla con su uniforme impecable. Enciende los motores y carretea la avioneta en el aeropuerto de la ciudad. Toma altura lentamente y se aleja. La nave se ve diminuta dibujada en el cielo, unas olas del Chorrillero la sacuden, pero el brigadier logra estabilizarla. Toma más altura para pasar por la sierra por el punto más bajo, con las hélices turbo de los dos motores girando a pleno.

Como es un día importante en el pueblo, el intendente le pide a Toya, por sus habilidades como maestra de labores y tejedora, que con su máquina a pedales le haga una manga para poner en el tacho. En el taller, Chachín quita los fondos al tambor de aceite y lo pinta de rojo con un pincel. Así, con una mirada rápida, el piloto ve el sofisticado instrumento de Toya listo para el próximo aterrizaje. La manga inflada, la intensidad del viento y la dirección para corregir la nave.

La banda de la policía está con sus uniformes impecables desde la mañana. La dirige con la batuta el compadre Chicho, con dos nuevos músicos que se incorporan ese día: el Lagartija en el trombón y el Rolo en la corneta. Ejecutan marchas militares mientras unos niños con guardapolvo blanco, de la escuela primaria, escuchan los sones. En el descanso, el director Chicho se fuma un pucho de tabaco Mariposa y papel Ombú, dejando escapar la humareda y tos.

En el centro de la plaza Pringles, los demás maestros de las escuelas del sur escuchan los sones y miran hacia el cielo, donde solo ven nubes. En el mástil, la bandera flamea con el viento. Don Domingo Faustino estuvo aquí de niño, enseñando a los campesinos del valle. El 11 de septiembre es un día festivo con gran movimiento en el pueblo. Los curiosos esperan junto a los ligustros de la plaza y por los parlantes Yufro lee pasajes del que fuera presidente y maestro de los primeros parroquianos.

En la pista de tierra de La Majada esperan las autoridades del pueblo y un par de intendentes de pueblos vecinos. Entre las nubes se escucha el bimotor en los cielos y a lo lejos. Desciende lentamente y hace una pasada a baja altura por la pista. Todo está en orden, lo confirma con las alas el brigadier, mientras flamea el tacho con la manga roja inflada hacia el este, dando las coordenadas al piloto.

Lucho pasa en bicicleta entregando cartas en el pueblo. Le mandan a Zoilo por correo un almanaque de Rosario,  de la tienda donde compró las colmenas que puso en el árbol. A la bici de Lucho se le sale un remache de la parrilla y se le cae la encomienda que debe entregar. Va a la herrería y Benito lo arregla con el martillo para que Lucho pueda seguir con el reparto, vestido con su uniforme de correo y telecomunicaciones.

El intendente de Monte de Oro está al tanto de los detalles y recuerda que después de la última lluvia, la pista quedó llena de pozos, pero está satisfecho porque sabe que los municipales ya taparon los boquetes hechos por las vizcachas.

En el potrero de La Chilca, Chacho ara la tierra. Con el chicote apura el tranco de la mula en el surco. La reja del arado queda algo torcida y el lomo de la mula negra se dobla bajo el esfuerzo. Chacho separa la reja gastada del surco con la pinza y por la tarde monta en la yegua hacia el pueblo. Pasa por la herrería de Benito, que deja la reja como nueva y afilada como un bisturí.

Cuando el brigadier con la avioneta pasa la lomada verde, ve a lo lejos el caserío del pueblo. Planea controlando el descenso y Hugo deja caer la nave sobre la pista de tierra. Al aterrizar, la nave hace piruetas sobre la cancha de aviación. La rueda derecha se hunde en el suelo a la altura de la vizcachera y da vueltas en círculos levantando una gran polvareda. En los virajes, se torció uno de los brazos de la avioneta.

En la peluquería del Ratón Pérez, frente a la escuela normal, Durbal y Paco esperan su turno. A través del cristal, ven pasar a Chiche con el tractor que tira del acoplado con nueve novillos que vienen del Río Gómez. Dobla en la esquina de la plaza Pringles y la tropilla de animales se precipita hacia un lado, volteando el acoplado y haciendo que los machos caigan en la plaza. Pasan corriendo frente al busto de bronce de Juan Pascual, que los saluda.

Sentado en el sillón, Durbal le dice a Aníbal mientras le saca algunas pelusas.

–       ¡Me parece que ese tractor es tuyo, Aníbal!

Los novillos corren frente a la peluquería, mostrando sus marcas y señales.

–¿Cómo querés el corte, Aníbal? – pregunta el peluquero Ratón. Después de medio siglo haciendo el mismo y único corte que tiene en mente, Aníbal responde – ¡Callado, Ratón, callado!

Sin prestar atención a la opinión de Aníbal, sigue la charla y el comentario obligatorio del peluquero sobre el avión torcido.

– ¡Dicen que fue un atentado y todos son sospechosos de lo ocurrido!

Serio, mientras fuma un cigarrillo sin filtro, Durbal no tarda en dar su opinión atribuyéndola a un murmullo popular. – ¡Dicen que fue una vizcacha subversiva!

En la peluquería se hace un silencio seguido de risas. Aún se respira el resabio del gobierno militar. Las charlas continúan y giran en torno a la granizada del jueves que rompió un vidrio y las moras en la casa de Cacho. Las experiencias rurales son la nota destacada entre los pobladores, con comentarios deformados de parroquianos y respuestas desdibujadas entre los vecinos.

La hija de Juana “ha puesto un huevo” y miran al niño para ver si su padre es Rogelio o si la cigüeña se equivocó de nido. Sospechan que es hijo del lechero. Por casualidades de la vida Panchito no se parece a ninguno de los dos sospechosos.

Para que la avioneta vuelva a la ciudad deben enderezar la varilla torcida. Solo el herrero puede hacerlo y van a buscar a Benito. Con palancas y alambres enderezaron el brazo de la nave. Benito le dice al brigadier que la haga rodar para ver cómo quedó. Va y viene un par de veces y parece en perfectas condiciones.

Meses después, el brigadier debe regresar para inaugurar la sala de primeros auxilios en El Rincón y la biblioteca en la escuela provincial. Debe llevar una caja de libros desde la editorial. Aprovecha la escapada para llevarle a Benito un puñal de plata labrada que le hizo el platero Goyo con sus iniciales en oro.

Cuando llega al pueblo, Hugo lo espera en la plaza. El intendente Rufino, que es suboficial principal del ejército, viste un uniforme de gala y botas. Parece un general de la flota del Pacífico. Le entrega a Hugo un regalo: una gran llave de madera de la tornería de Darco, envuelta en papel celofán. Una corneta suena a una cuadra de la plaza y en el mástil la bandera, algo desgastada, ondea.

Después de los actos protocolares el regalo descansa en el asiento trasero del coche de la gobernación. El chofer, vestido con saco y corbata, se asegura de que nadie lo toque. El brigadier, con sus atributos de gobernador, pasa por el puente que separa las dos orillas directamente hacia la herrería.

En la fragua, Benito calienta un hierro de una palanca torcida y luego lo pasa al yunque para enderezarlo. Los martillazos resuenan mientras afuera la yegua alazana de Tincho, con un bozal, espera su herradura atada al poste. El chofer del gobernador estaciona y al abrir la puerta el brigadier nota el cartel en la puerta: «Taller Benito, se colocan herraduras, se arreglan arados, se reparan aviones.»

El piloto deja escapar una ligera risa cuando vuelve al coche por el cuchillo, lo toma y abraza a Benito. Se miran a los ojos y sonríen cómplices.

– ¡No le han mentido, señor! –dice el gobernador para suavizar la charla.

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