
En las cercanías de la casa de Richi, en San Pancho, se encuentra el taller resguardado tras el portón. Don Emiliano siempre está listo para colocar las herraduras del caballo. En su pecho, atado al cuello, sujeta el delantal de cuero del descarne. Los hierros incandescentes arden en el fuego de la fragua. Con una barra, sube y baja el palo del fuelle. De repente, una chispa salta directo al brazo, dejándole una quemadura. Emiliano manipula los hierros con una larga pinza y golpea la bigornia con un martillo. Los mazazos continúan y más chispas saltan.
Tocho le lleva el hacha para que lo repare. Más vueltas a la desgastada piedra y al malgastado esmeril. Cachiche le lleva el azadón para la chacra. Fuego y mazazos a la pala que se rompió en el corral. El arado de la mula de Piedra Valla no está en buen estado. También hay que ir a don Emiliano para que repare la carretela. Un descanso a media tarde y los mates dulces son la recompensa. Calienta el tarro en las brasas de la fragua. La torta al horno de leña, amasada con esmero por doña Silvia, es un deleite.
A don Emiliano le encanta la música. Sus gruesos dedos callosos tocan un arpa paraguaya que ganó en una rifa escolar con el número 39. No es muy diestro en el estudio, solo aprendió una melodía escuchándola y la interpreta con un ritmo desentonado que sigue por la radio a transistores. Don Emiliano y doña Silvia son un tesoro de recuerdos en el valle. Una tarde de septiembre, el Sultán se escapa. Emiliano sale con una soga en mano por las calles. Quito, que toca el órgano en la iglesia, lo había escondido en el fondo del taller. Cuentas claras conservan la amistad y Emiliano regresa con Sultán
