Discusión de amigos. libro “Aquellos días felices”

Los burreros buscan el lugar adecuado en el valle para llevar a cabo la corrida. Los tachos de botellas de cerveza están cubiertos con bolsas de arpillera mojadas, y la humareda de la grasa de los chorizos se eleva desde la parrilla. El policía, en uniforme, revisa a aquellos que ingresan. Mientras tanto, los gauchos toman tragos y hacen comentarios. El grito de las apuestas rompe el silencio, y Manino, el juez de línea, da órdenes. Los dos caballos pasan y más gritos contestan las apuestas. Billetes doblados se intercambian hasta que se resuelva.

En esa tarde de octubre, la yegua de Cándido es la favorita. El Chiche, con su camisa celeste, la monta con un elegante trotar. El zaino del Pozo Cavado se mueve por la cancha regada, mientras el Cucha, con su camisa azul y alpargatas azules a cordones, lo monta. El alambre tendido a lo largo marca la cancha, y los pingos y los burreros están nerviosos y atentos. Se escuchan gritos que indican apuestas faltantes.

El comisario de carrera anuncia: «¡Terminadas las apuestas!» Silencio y los caballos se colocan en línea. Después de algunos intentos fallidos comienza la carrera. Las marcas en la tierra quedan mientras los pingos corren los primeros metros y se escuchan más gritos. El zaino se adelanta y saca media cabeza de ventaja sobre la yegua. Hay festejos con pañuelos y comentarios.

La yegua perdió y Cándido, enojado, va a buscar a Filiberto. Tienen una corta discusión y Cándido le conecta una trompada en la cara. Desatento, Filiberto corre para sacar el largo puñal oculto en su cintura, pero no logra alcanzar a Cándido. El agente los lleva a la comisaría y por la noche, ambos comparten una cerveza en la plaza, sentados en la misma mesa. La discusión de amigos en términos burreros ha llegado a su fin.

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