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Doctor Segundo. del libro “Aquellos días felices”

El médico llegó al valle de Monte de Oro con responsabilidad y humanidad a flor de piel. La salud del paciente era su prioridad, y los libros gastados y subrayados de la biblioteca, su desafío. Su cojera en el pie era una batalla constante. El doctor Segundo no tenía buen carácter ni en su consultorio, ni en su casa. En su biblioteca, tenía libros marcados y escritos con lapicera. Llegó desde Rosario con un delantal blanco impecable y hacía preguntas a sus pacientes, anotando todo en su libreta. Se enfrentaba a cada patología como si fuera una partida de ajedrez. Tomaba el pulso, la temperatura y la presión, y daba golpecitos en la rodilla con un martillo para evaluar los reflejos. Sus recetas estaban llenas de letras complicadas que solo el farmacéutico podía descifrar. Su asistente, Teresa, vestida de blanco, se sentaba tras el escritorio y anotaba los turnos, revelando el estado de ánimo de Segundo ese día. En el caballo del padre del paciente viajaban un lechón, un pato, una gallina y unos huevos, como forma de pago por sus honorarios. El cine era su pasión. Los viernes, se sentaba en la tercera fila como el actor principal de la película, sin guardapolvo y con corbata. Mientras Segundo veía poner y sacar las cintas, Tino probaba el proyector. No importaba si la película era de amor, vaqueros o humor, todo le gustaba. En una tarde, el caballo de Bubi pateó en la cabeza a un niño. Las posibilidades de que sobreviviera eran remotas. Sentado en el asiento trasero del auto con oxígeno, el doctor Segundo partió junto a Alberto, su tío, al volante por el camino de ripio hacia Villa Dolores. Luego tomaron un avión a Córdoba. Ese niño, ahora hombre, camina por las calles de la Ciudad de La Punta. El doctor tenía un compromiso único con su profesión.